UNA CARETA DE ESPUMA para tres sirenas

Hay mucha cuerda floja en los tablones del embarcadero, de ahí que me caiga en el puerto y me ahogue a ratos creyendo que puedo seguirte. Así suelen ser mis versos, húmedos y canallas. Siempre te vas sin mi, Sirena.

Minuteros impervertidos

Tengo un reloj Hublot que da vueltas y vueltas con su segundero metiendo ruido, un tambor constante que separa las cosas en orden de ocurrencia, que nada pasa a la vez… En el principio era el Verbo, luego fuiste un texto y ahora un tú-y-yo de carne y beso. Luego me imaginé al tiempo atado al centro del reloj, como si fuera un caballo entrenando, corrigiendo el paso, que el tiempo está agarrado y por eso damos tantas vueltas… Y nosotros creyendo que era rectilíneo y que había un lugar especial reservado a los recuerdos. Yo doy vueltas y vueltas al galope alrededor de tus abrazos… y allí,

a la vuelta de la esquina,

está el infinito.


Lope Escauriza

Auroras

Soy incandescente, un rayito de luz de una persiana que guiña, una mota de polvo suspendida en la montaña rusa de una mañana que se levanta tarde… Me quedo mirando la brisa… con calma mi vida, con calma. Para la mujer de hielo la temperatura era una risa, una carcajada maquiavélica, una mosca frotándose las patitas, un bostezo al cuadrado, un cajón desastre o una pelusa de un mal western pasando a lo lejos. Congelaba las gotas de lluvia para cegar los parabrisas de los coches, era puñetera… lo sé. Para la mujer de hielo las cuestas eran constantes, como de andar por casa, una casa pensada para mantas, abrazos y estufas y, en cambio, los carámbanos inundaban los techos cuando miraba hacia arriba. Cuando la conocí era un texto susurrado con cuidado por algún escritor de cuarta… un texto maniatado, esclavizado por los párrafos sueltos y los puntos y a parte. Recuerdo que nadie le soplaba el cumpleaños, qué más le daba, ella solita se rodeaba de frío, era un ejemplo inseguro que no se quería mostrar…te digo que no había abrazo lo bastante caliente para derretir sus doscientas treinta y cinco capas de hielo.

Pero el día veinte y tres de un mes muy par salió de su casa una mañana de lluvia. Como un iceberg coloreó los caminos de baba celeste y su sonrisa fue puliendo una mueca para seguir siendo correctamente indiferente. Entró en un restaurante de carne a la brasa y las piedrecitas al rojo vivo se volvían rápidamente cenizas al paso tan sensual de su polo sur por la cocina… Todo el mundo la miraba. Pidió una cerveza bien fría y luego más vino. Me levanté, pegué la vuelta y la vi abrazada a un buen susto… ¡qué alto! Pensaría. Conversamos sin utilizar demasiados adjetivos (por si se nos veía el plumero) y mi mano fue picando su hielo para bebérmelo en mil copas. Luego vinieron los besos, primero tan pardos, luego tan húmedos como ríos enteros, océanos de dudas lo calaron casi todo y quedó desnuda en mi oído mientras tiritaba todo el frío que llevaba y llovía allí adentro. Sus lágrimas eran verdes, también su lluvia, y sus pies canelas caminaban mi angustia. La puse de vuelta y vuelta durante unas semanas en el fogón de mi risa y de mi prisa y compartimos un para siempre que llevaba agarrado y enterrado bajo el brazo de la capa del ártico. Quemamos los días para borrar, para derretir gota a gota las últimas sombras y sobras de quien vive mal y sin nadie. Desde entonces habitamos los bosques y los sueños, ella es una hada madrina que pinta desnuda petirrojos en los troncos blancos de los abedules… y silba en las hogueras de los hombres para que nunca falte – aunque sea – una pequeña brasa en medio de tantas tormentas.


Lope Escauriza

Dos pequeños fósiles bien abrazados

Abro la persiana de tu sueño y respiro hasta la última mota de polvo que se suspende en la luz, la idea es mirarte con ellas y crear un cinturón de asteroides que haga un poco de trinchera… por si me atrapan las ganas de despertarte a mordiscos. Veo tu verde un tanto apagado del madrugón, pero en tu sonrisa hay un te quiero, de los que primero se saben y luego se dicen, de los que a priori se mastican a lengüetazos y luego se tragan a besos. Uno de esos. Tu mano se desliza por la sábana y yo me pregunto que tipo de instrumentos son tus dedos… ¿de viento? ¿de cuerda? son de tacto… porque se mueven entre las arrugas de un mal sueño hasta tocar los míos, entonces se puede sentir el peso del gesto y esa tremenda presión que ejercen las ganas en los huesos cuando ya no se puede acariciar más… entonces el arrebato entrelaza las falanges en un desesperado intento de ser tan solo una mano y los cuerpos, envidiosos, se acercan con su otra mano, y sus piernas, y sus troncos, y sus caderas y nos retorcemos los labios y da igual no respirar y da igual cualquier cosa que no esté en el cuadrilátero de tu boca y la mía. La respiración es profunda, la piel una gallina y el tiempo un cangrejo.

Te levanto en brazos y congelo el segundo donde miras la oreja, justo antes de decirme que… y entonces me sabe y lo mastico a lengüetazos y lo trago a besos… y se entrelazan las manos y los cuerpos

durante millones de años…


Lope Escauriza

Y tú

“Y es que no me da tiempo a nada… Y a nadie le doy tiempo”.

Me decías tan intruso… como sacado de un libro suizo o de un reloj de páginas rotas, hechas añicos. Y es que ahora no barres los días y tus felpudos y suelas no se pegan con fuerza a la tierra. Ahora vuelas cariño. No barres los días ni pasan las cosas saladas como las olas y los holas de última hora. Ahora estamos batiendo las alas, provocando huracanes a este lado del corazón, a este lado de las causas que se cuelgan de besos y lienzos en blanco… donde me pinto de futuro o de verde… vestidos transparentes son mis ojos y no llevo nada debajo…

Iremos a tus islas desiertas a devolver la arena de tus botas, construiremos un castillo y montículos en la panza para encarnar un mañana perfecto. Recorreremos las huellas y después soplaremos junto al viento para recorrer lo que quieras una y otra vez. Ya no se te caen los abrazos de leche y muerdes mi cuerpo con tus dedos… aquí te quedas… tus versos, tus besos y tú.


Lope Escauriza

Paces y peces

Me gusta hacer barquitos de papel usado… facturas, tickets, poemas y esbozos… hago barquitos de papel con velas bien rígidas… velas sin miedo al viento (pero si al fuego). Me gusta verles navegar por los charcos después de una tormenta… después de una tormenta de verano, cuando el petricor desconsolado inunda hasta la tos todos los rincones de las fosas nasales…

…A veces hago sombreros de papel en lugar de barcos y con dos hojas de magnolia me fabrico una espada y ¡voilà! son un Peter Pan oxidado rebuscando en los domingos de hace ya tiempo. El desenlace es incierto, invoco a Poseidón para que me traiga un Kraken. Un Kraken de suela de Converse que arruga al barquito contra el oloroso asfalto y se corren las letras con humedad y fricción. Después navego – tranquilo y en paz – hacia ti

por el inmenso mar de tu risa.


Lope Escauriza

Un sí siempre

No sabremos nunca el alcance de un sí, pero es largo y tendido, como la ropa mojada que gotea y huele a limpio y se seca y te la pones y te la quito… es bueno… sobre todo cuando unos se andan buscando durante más de mil y un años. Es un sí que se estira y se enrolla en tu lengua como esa espiral inagotable que tienen tus ganas y las mías… canas, polvos y vuelta a buscarte a través de los siglos… la comisura de tus labios me mira de reboca y no hay enlaces covalentes, ni convalecientes, ni metálicos,  ni gravedad… tan solo un intenso sabor a beso por cada abrazo al cuadrado. No sabes como me llenas por dentro, por centro y por fuera, en cada metro y segundo, de esos que pasan por donde no pasa ni el aire, eres mi andén de la suerte.

Matemáticamente hablando eres una dulce curva que vuelve loco a mi tacto, que vuelve loco a mi oído… un curva perfecta que suena con fuerza en mi caja, notas noctámbulas que buscan la belleza de un bemol colgado de un pentagrama… Eres una mirada de espejo de agua, una suave voz de color verde que me sabe a brisa fresca… cuanto te miro, me soplas la bruma.

Y es que unos se andan buscando para siempre y nunca empiezan ni acaban y es que resulta que… sin saberlo, ni comerlo, ni beberlo… resulta que sí…

que son

y punto.


Lope Escauriza

Mimito, Andrea y sus ganas de no verse

Mimito, soy Andrea, déjame entrar…  que no tenemos porqué

ni porque no…

tú tan solo y yo tan luna… tan de noches

azul marino.

Los minutos contigo se dan de si y de no y el echar de menos se retuerce en las sábanas y en los porqués del final… ¡déjame entrar Mimito! que soy también de playa sin mar y de los pies descalzos que se queman en la motitas de polvo que han dejado los años, en las suelas y en los suelos y en los sueños… Cuando duermo me hacen daño… ¡así sangran los recuerdos cuando se les pincha de noche! Fluye la sangre naranja como la arena de alguno de mis desiertos… desiertos de noches de estrellas y velas y ojos abiertos como platos…

como platos… para comerme de un vistazo los tuyos… que te los veo

mirando a otra parte.

Déjame entrar… Déjame entrar.

Que me repico, campana, champaña, entraña y extraña… te extraño. Me revuelves por dentro cuando vuelves… déjame entrar… que araño a los años como a esta puerta… sigo sangrando arena, hay telas de araña en los portazos…

déjame entrar…


Lope Escauriza

De por qué eres la mujer más linda del mundo y otros dogmas – Parte I

Es bien sabido que tu pupila se contrae con el viento, para que sople verde y lo esparza por el mundo sembrando mis ganas de ti. Yo sé de buena gana que tus besos aúllan cuando te mira la luna, que soy yo… que soy insomne y enorme y lobo… y me hago astro para competir con tus ojos…

La gravedad no existe en los planetas que no habitas.

Por tu nariz se deslizan mis dedos para señalar tu boca, corazón y tobogán, pincelando el contorno y comisura de tus labios a mil quinientos besos por segundo. Ahí estoy yo latiendo entre yemas, que mis escalofríos ya no son lo que eran… ahora se visten de gala y las cosquillas me abrazan de repente y de cerca. Mi aurícula derecha se inunda cuando estallo en tu dentro y se queda el silencio pensando que quiere que lo sigas llenando…


Lope Escauriza

Lo que dura un mal sueño

Nunca se me olvidan los sueños y eso es jodido. Los hay buenos y los hay malos, hay sueños lindos y sueños feos. Hay insomnio y desvelo, miedos estúpidos y otros que no tanto. Al miedo, queridos, le gusta ser miedo, pero hace lo que le dejan… son meras pesadillas que acojonan lo que malamente pueden… pero a veces dan en el clavo. Ayer me llegó uno de esos espasmos que llegan cuando uno piensa que cae al vacío mientras duerme, el gran engaño muscular del precipicio y la duda. Estaba perdido en las sombras y ni siquiera tenía esa tregua de la claridad cuando perfila las mañanitas. Creí soñar que éramos dos cachitos de un mundo cayéndose a pedazos, soñé con un hipotético y céntrico planeta donde las princesas no eran reales sino reales y los besos eran muecas alternas de un pegajoso sarcasmo…. Las respuestas gritaban de rabia por no saber contestar a la pregunta de qué había hecho yo sin ti todo este tiempo… pero en el sueño caíamos ya rotos, caíamos sin suelo ni techo y sin más referencia creíamos volar. Me senté en la cama silencioso, ya despierto de a ratos, con el susto del batacazo entre los párpados, las pupilas y las manos. Te miré brillando con ese claroscuro del alba y del alma que salpica tu cuerpo de momia… Entonces las preguntas repicaron y las respuestas vinieron corriendo al funeral de mis sustos…

En ese preciso instante

– cuando la piel parece una Vía tan Láctea-

supe todo lo que había hecho yo sin ti todos estos años:

Caer.


Lope Escauriza

Carboncillo

Nos gustaba sentarnos al atardecer en aquel sofá violeta y roído (de ruido) donde se encogía el salon. Nos encantaba dejarnos acariciar por el último calor del día, el de los rayitos del sol coleteando y el de la noche pisando los talones, calando los huesos, callando con besos. Nos gustaba oscurecernos de a poco,  con las luces apagadas, apagándonos con las sombras y las sobras que deja el día al borde de tu silueta… las velas agonizaban a contra pelo y respiraban los últimos intentos de verte mejor… ¡Pide un deseo! decías…

Entonces – en los dominios del tacto – olfateábamos los últimos recovecos que quedaban sin colorear y, con la imaginación echando chispas, cerraba los ojos para ver las lucecitas de tu risa… aclópate aquí que soy tu puzle… yo me quedo en tu prisa… que me suenas a trompeta y me sabes a tambor…

y tal vez el mundo funcione así…

Y no tenemos

ni puta idea.


Lope Escauriza

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