Soy terrible, he estado tocando a las puertas del mismísimo suelo, pero no es motivo de pena ni duda. La gravedad en los huesos, la eterna noción del peso cayendo sobre los músculos como si fueran bandoneones desafinados derrumbando templos filisteos. “Jamás me cortaré la barba” te repetía… Pero ya ves cómo se atrofian los cosmonautas cuando G = 0 y vuelan comiendo geles… No me acuerdo de la angustia, tan solo queda un sabor dulzón en las orejas, un ruidito insignificante, un pitido que atormenta a su manera las pocas veces que estoy en silencio. Ruge si quieres que yo no tiemblo, cuando los recuerdos se petrifican me vienes con el cuento de Perseo y no dejas que el olvido, nido de serpientes, te mire a los ojos, lucky you. Pero está todo bien, que en mi caso el amor es una especie de discontinuo, con todos esos huequitos cuánticos para que giremos mejor. Somos a veces, queremos intermitentemente, está bien, pero eso no quiere decir que no sea palpable la dureza del siempre. Un ventilador, dos aspas y – si está en funcionamiento – a ver quién mete el dedo en el espacio que nos separa.
Te digo una cosa: cuando una de tus bolitas – que giran y giran en esa gran oquedad – eclipsa a una mía… te abrazo…
y te juro,
que no quiero soltarte.
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