Abro la persiana de tu sueño y respiro hasta la última mota de polvo que se suspende en la luz, la idea es mirarte con ellas y crear un cinturón de asteroides que haga un poco de trinchera… por si me atrapan las ganas de despertarte a mordiscos. Veo tu verde un tanto apagado del madrugón, pero en tu sonrisa hay un te quiero, de los que primero se saben y luego se dicen, de los que a priori se mastican a lengüetazos y luego se tragan a besos. Uno de esos. Tu mano se desliza por la sábana y yo me pregunto que tipo de instrumentos son tus dedos… ¿de viento? ¿de cuerda? son de tacto… porque se mueven entre las arrugas de un mal sueño hasta tocar los míos, entonces se puede sentir el peso del gesto y esa tremenda presión que ejercen las ganas en los huesos cuando ya no se puede acariciar más… entonces el arrebato entrelaza las falanges en un desesperado intento de ser tan solo una mano y los cuerpos, envidiosos, se acercan con su otra mano, y sus piernas, y sus troncos, y sus caderas y nos retorcemos los labios y da igual no respirar y da igual cualquier cosa que no esté en el cuadrilátero de tu boca y la mía. La respiración es profunda, la piel una gallina y el tiempo un cangrejo.

Te levanto en brazos y congelo el segundo donde miras la oreja, justo antes de decirme que… y entonces me sabe y lo mastico a lengüetazos y lo trago a besos… y se entrelazan las manos y los cuerpos

durante millones de años…


Lope Escauriza

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