Soy un tremendo acordeón, me retuerzo para tomar algo (de aire) y soplar unas notas de copa dulce. Suelo escribir en clave de fácil, con los dedos bien entrenados para incordiar al silencio, que me tecleo fuerte y te beso apretando. Alguna vez he sido un alivio… y otras veces me han echado más des de la cuenta en las copas de menos. Ahora invento a quien cuento y tan solo busco la intimidad de mis personajes,
que no se enteren,
¡por favor!
que todos ellos
(excepto tú)
salen de un bolígrafo.

Nací en martes y trece a las ocho y media de la tarde,
– me perdí el atardecer, lo confieso –
tuve que esperar al día siguiente para pintar mis primeras nubes con los colores ocres que acaban el día, pinceladas de llanto y mocos, que en un principio existía el Verbo y me dio por conjugarlo. Luego vinieron las vías y los puertos del aire, bailando Baires y bares a las puertas del también, que en las milongas tan solo venden vino…
y después vino el desierto, un destierro intermitente de años cortos y desidia que tal vez…

Pero me quedo en París o en Madrid, que ambas comparten vocales y la erre,
la erre de Ranón,
ese gas noble, casi cuántico,
que se zarandea virtuosamente en cualquier anhelo que se tenga por volver.